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martes, 10 de mayo de 2011

La izquierda y la derecha en la democracias modernas

A propósito de la columna de Antonio Caballero (Revista Semana).
Uno puede distinguir dos izquierdas. Una marxista la cual comparte con la tradición republicana su vocación de poder. Y otra que podríamos llamar a la Walter Benjamin o cultural, la cual encuentra en el poder su antítesis. La primera es pragmática y la segunda es estética. La primera es una propuesta política y la segunda una propuesta crítica. Son excluyentes en tanto la política contiene a la crítica y viceversa. Ambas conciben a la izquierda como una forma estática, ya sea desde el poder o desde la marginalidad. Mientras la izquierda cultural delata la contradicción de una izquierda con poder (contradicción imputable desde el mismo materialismo dialéctico), la izquierda marxista delata la construcción hegemónica de la cultura y al mejor estilo de Nietzsche revela la dudosa genealogía de la marginalidad estetizada. Y es aquí donde entra la democracia moderna a romper con esta dialéctica infructuosa. El sufragio fue concebido como ejercicio republicano, acto mediante el cual el pueblo soberano ha de elegir a sus representantes. Sin embargo en la modernidad, el sufragio toma otro cariz. Los partidos, ya no aspiran a proyectarse como representantes de la voluntad del pueblo en su totalidad, sino que representan nichos o clanes. Así que el sufragio en la democracia liberal se convierte en un sistema rotativo del poder para las diferentes facciones políticas mientras que los aspectos universales (republicanos) son progresivamente trasladados al terreno jurídico-constitucional. La rotación del poder derechiza a la izquierda pero, a diferencia del marxismo, también izquierdiza a la derecha. En este nuevo escenario la izquierda clásica (estática) representa aquellos grupos sociales que aún se encuentran marginados del sistema rotativo del poder. Defenderla es tan católico como defender la pobreza. Se debe procurar su integración soberana dentro del sistema político rotativo.

domingo, 14 de marzo de 2010

Por qué se vota cuando se vota

A propósito de las pasadas elecciones parlamentarias, me quedaron las siguientes reflexiones para tomar en cuenta a la hora de escoger el logotipo y el número de nuestra preferencia. Espero aplicar y perfeccionar estos criterios en campañas venideras. Algunos criterios son obvios y otros no tanto, lo importante es saber ponderarlos. También son validos en camapañas no parlamentarias. Esta es la lista:

I- Cuando votamos por un candidato debemos tomar en cuenta que su comportamiento legislativo está amarrado a la opinión de su bancada, es decir de su partido. Si bien un candidato bueno en un partido mayoritariamente malo contribuye a la renovación del partido, el ideal es buscar un buen candidato adscrito a un buen partido. Dada la cantidad de inscritos y la creciente oferta informativa no es remoto encontrar tal escenario, pero en su ausencia, recuerde que el voto coyuntural también es estratégico. Tampoco sobra echarle un vistazo a la ley de bancadas vigente para afilar nuestra decisión.

II- El discurso de un candidato ejemplificado en sus propuestas, programa de gobierno y debates públicos es fundamental para saber por quién se está votando. Un candidato de opinión contribuye a la construcción de una democracia deliberativa, las propuestas y/o programas de gobierno demuestran transparencia, responsabilidad y disciplina. Pero estos elementos discursivos no son suficientes, es necesario exigir una trayectoria que garantice tanto el compromiso real con dicho discurso, como también su capacidad ejecutoria de los mismos.

III- Para el Senado tenemos la oportunidad de votar por un candidato con discurso regional o nacional. Mi consejo es que un buen candidato con discurso autenticamente nacional vale el doble que un candidato no tan bueno con un discurso regional (en el congreso se discuten leyes de competencia nacional). Además para el lobby regional está la Camara.

IV- Por último. También se vota por una forma de hacer política – y democracia en particular –. Podemos distinguir entre los autodenominados realistas e idealistas. Los realistas se subividen en hipócritas y/o pragmáticos. Los idealistas, a su vez, en ingenuos y/o pioneros. Le corresponde a usted adivinar la etiqueta que mejor le corresponde a cada candidato. Probablemente esta elección hable más de usted que del candidato, después de todo, la política como la economía financiera tienen un alto componente de self-fulfilling prophecy (profecia autocumplida). Este no es un criterio sencillo pues no todo lo que es pragmático falta a la ética, ni todo lo que es ético, es viable. Sin embargo, hay un criterio que no da pie a ambigüedades y es el de la transparencia; a un candidato se le puede perdonar que sea cínico o ingenuo, pero lo que no se le puede perdonar es que no sea transparente con sus prácticas políticas.

Por simple goce extiendo la lista de calificativos para realistas e idealistas. Los realistas pueden ser cínicos, honestos, pragmáticos, aristotélicos, conservadores, tradicionalistas e hipócritas. Los idealistas pueden ser humanistas, reformistas, ingenuos, inexpertos, pioneros, platónicos, locos, utópicos, infantiles. Los invito a que propongan otros calificativos de uso popular y no tan popular, y recuerde que no existe mérito per se entre tomar una actitud realista o idealista frente a la vida y en particular, en cuestiones políticas.

Artículos relacionados: "Juan Mario Laserna: de la junta del Banco a la plaza del pueblo" publicado por lasillavacia.com.

viernes, 25 de enero de 2008

Tras los límites de la descentralización

Las ciencias sociales en las últimas décadas se han ido apropiando de una amalgama de conceptos desarrollados en los campos de la física y la biología compilados bajo el título de Sistema Complejos [Self-Organization, Complexity, and Post-Capitalist Cultures, by Arturo Escobar
]. Sin embargo, como suele ocurrir, el uso paradigmático de analogías puede llevar a aplicaciones descontextualizadas. El objetivo de este breve texto es invitar a una mirada crítica a este movimiento sociológico y aportar precisando los dominios de validez de muchas de sus premisas las cuales corren el riesgo de tomar un carácter doctrinario y por ende abandonar la herramienta de la racionalidad científica. Una crítica que considero importante es la de establecer los límites en los patrones de descentralización. Entendiendo por límites, las condiciones bajo las cuales los patrones descentralizados son viables desde un punto de vista biologico-evolutivo. La estrategia a proponer, es la de analizar la evolución de patrones centralizados en la historia natural. En particular me he centrado en el análisis de la emergencia biologico-evolutiva de los organismos eucariotas: que ventajas evolutivas se adquirieron con el desarrollo de una membrana nuclear? Mas aún, que ventajas biologicas se adquirieron con la creciente centralización genómica? Esta última pregunta nace del notable hallazgo de la migración del ADN mitocondrial hacia el nucleo [Jeffrey L. Blanchard and Michael Lynch, Organellar genes: why do they end up in the nucleus?, Trends in genetics Vol.16, issue 7, pgs. 315-320 (2000)]. El marco teórico para analizar esta fenomenología se encuentra en un uso crítico de la Teoría de la Endosimbiosis serial (SET), la teoría autógena y la síntesis evolutiva moderna. Estas tres teorías no son estrictamente excluyentes y quizás sea necesario su uso complementario. En conclusión, es acertado hacer una crítica a los radicalismos doctrinarios enmarcados (o enmascarados) bajo la etiqueta de postmodernidad. Para ello, se propone el uso entre otros de la Historia Natural, siguiendo el mismo espíritu y justificación epistemológica de la Historia social como herramienta de análisis sociológico.
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